Han sido una cadena de muertes que nos han golpeado en un 2014 que de repente se agitó en su melancolía. Fue la de la escritora y periodista Ana María Moix, el espíritu de la gauche divine de Barcelona, su musa querida y admirada, la hermana de Terenci Moix, la llamada Nena.
También vivimos el adiós a Alain Resnais, el gigante del cine francés. el director de Hiroshima mon amour y El año pasado en Marienbad, el decano a sus 91 años de la Nouvelle Vague, y espíritu activo de la corriente de la Rive Gauche. Y también la noticia de la dolorosa muerte de Paco de Lucía, en el Cancún en que era feliz, donde descubrió el mar que siempre buscó con ahínco.
A todas estas muertes llenas de tristeza se sumó de repente la del hombre del látigo, el provocador por convicción, el redescubridor de la ópera como escenario de confrontación y agitación, quien puso patas arriba las convicciones de lo correcto, lo elegante y lo discreto para acabar con el bostezo y la apatía. El muy admirado director de opera belga y exdirector artístico del Teatro Real de Madrid, Gerard Mortier, falleció este domingo en Bruselas a los 70 años, a consecuencia de un cáncer de páncreas que se le diagnosticó el pasado verano. Falleció rodeado de amigos y familiares y con la lucidez plena que tuvo hasta el final de una muerte próxima e irremediable que le acechaba y galopaba hacia él. El cerco se estrecho y consumó.
Nacido en Bélgica (Gante, 1942) ocupó varios cargos de prestigio en el mundo de la opera al haber dirigido el Teatro de la Monnaie en Bruselas, el Teatro de París, la Ópera de Nueva York y el Teatro Real de Madrid. De noviembre de 2008 a septiembre de 2013 estuvo al frente del Teatro Real, que quiso convertir en "un laboratorio de la ópera del siglo XXI". Pero su gestión fue muy criticada y provocó su relevo, a pesar de que su contrato vencía en 2016, por Joan Matabosch.
El pasado 17 de febrero, Gerard Mortier se despidió a través de un e-mail enviado a Gregorio Marañón, deseando a su sucesor "lo mejor" y con un "¡viva el Teatro Real!". En la tormenta de emociones que dejó en el Teatro Real destaca sobre todo el montaje de Così fan tutte que produjo con Michael Haneke.
Fueron dos almas gemelas. Haneke comprendió perfectamente su rebeldía. "Cuando se ama algo, estás forzado de vez en cuando a ser polémico y a pelear con la gente que impide que se pueda trabajar con seriedad”, dijo defendiendo los postulados a veces inflexibles de Mortier. En el Teatro Real apostó por Vida y Muerte de Marina Abramovic, interrogando a los espectadores por los límites de la ópera en uno de sus momentos culminantes.
Gerard Mortier siempre estaba curado de espanto, aguantando estoicamente pitidos y pataleos. Convirtió su mandato en un látigo contra los espíritus acomodaticios, hipócritas y burgueses; contra los espíritus de provincias que buscaban brillar en las butacas del Teatro Real.
No era un provocador nato sino un hombre entregado a la dialéctica, el nervio de su vida. Extremadamente culto, con una visión filosófica y social de la ópera, también se convirtió en profundo conocedor de la historia de España. Brokeback Mountain fue su despedida, su última gran apuesta, su proyecto más querido.
Críticos independientes de su gestión total en el Teatro Real dijeron a Hechos de Hoy que su personalidad fascinante y controvertida marcó la frontera definitiva, un antes y un después en la forma de entender la ópera contemporánea. Para Gregorio Marañón, presidente del Patronato del Teatro Real, fue triste sorpresa. "Aunque sabíamos que el final estaba próximo, me siento muy afectado por la noticia, afectadísimo, porque la desaparición de Mortier es también la de un colaborador brillante con el que el Teatro Real ha tenido la fortuna de trabajar en los últimos años", sentenció.




