Algo muy profundo cambió en Brasil. El coloso de América Latina nunca llegó, en toda su historia, a un escenario tan crítico. Primero, crisis económica. Segundo, crisis política. Y tercero, crisis moral.
La investigación del Lava Jato. la bola de nieve del escándalo del lavado de dinero que creció de forma imparable, acabó por arrollar a Dilma Rousseff y también a Luiz Inácio Lula da Silva. Aunque Lula, y el lulismo, intentarán salir del fango. El futuro sin embargo de Dilma es sombrío por el ambiente de resentimiento en Brasilia con la mujer perfecta que no ha abandonado en esta larga crisis su rictus de arrogancia y desafío.
Michel Temer, el líder del partido de mayor alcance territorial de Brasil, avanza para convertirse en el nuevo presidente a partir del mes de mayo. Fue el más firme partidario de escoger la senda del juicio político de Dilma.
Brasil vivió en un puño el desarrollo de la sesión en el Congreso, la Cámara de Diputados, en la tarde y noche del domingo en Brasilia (ver en Hechos de Hoy, Dilma Rousseff, en el Palacio de la Alvorada, pendiente de su juicio).
El desenlace fue mucho mayor del previsto. Una amplia mayoría de 367 votos a favor y 137 en contra se pronunció por el juicio político a Dilma Rousseff, el comienzo del proceso de impeachment. Fue una derrota en toda regla para el gobierno, muy dolorosa para Luiz Inácio Lula da Silva, y cruel y descarnada para Dilma Rousseff que nunca hubiera imaginado una situación de humillación y escarnio político.
El proceso avanza ahora sobre el Senado donde se producirá una votación por mayoria, ya sin tanto dramatismo. Esta votación llegará en breve, tras este agitado abril. A partir de ese momento, si no hay sorpresas, Dilma quedará apartada de su cargo quedando sometida a un proceso político por ambas Cámaras.
Eduardo Cunha ha sido el maestro de ceremonias de una votación retransmitida en directo y con un tono épico por las acotaciones que fueron haciendo los diputados. Fue una sesión maratoniana, sin precedentes en Brasilia, de 43 horas ininterrumpidas.
Se llegó a una situación de riesgo y oportunidad. Este colosal país se asomó a un momento crucial de su historia dividido y confundido. Una mayoría -hasta el 60%- apoya el impeachment, el juicio a la presidente. Pero hay también el sentimiento, en el oficialismo, de que se produjo un golpe de Estado aunque envuelto en una legalidad aparente.
Con todo, en Brasilia el sentimiento es general, pese a este tobogán de sensaciones, de que hubo prácticas ilegales de la presidenta y su equipo económico para equilibrar el presupuesto a base de recurrir a préstamos de bancos públicos. Pero no fue la cuestión que acaparó los debates de los últimos días. En la bola de nieve ha pesado mucho la crisis económica que se convirtió de nuevo en losa para el país. También el paro y la falta de liderazgo político de Dilma. Y, sobre todo, lo que ha causado indignación son los casos de corrupción de petroleras y constructoras con un nombre muy en primer plano, el de Petrobras.
Las miradas en Brasilia se vuelven ahora al presidente del Senado, Renan Calheiros, del Partido do Movimento Democrático do Brasil (PMDB). Milita en el mismo partido del vicepresidente, Michel Temer, y del presidente del Congreso, Eduardo Cunha.
Todo lo que pueda suceder es insólito. La presidente, de la llegada al Palacio de Planalto bajo todos los honores, a la salida por la puerta de atrás. ¿Deben gobernar ahora los traidores o lo más justo serían nuevas elecciones? El país cayó sobre la lona. Debe levantarse de este KO político. Pero todo son preguntas que se amontonan.







