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Salvador Lemis: En un mundo sin libertad estás obligado a mentir
El director escénico y dramaturgo cubano Salvador Lemis. (Foto: El Fogonero)

Salvador Lemis: "En un mundo sin libertad uno está obligado a mentir"

Si no hago teatro plantado en las nubes, no lograría ser feliz o vivir. La realidad es demasiado pedestre, estéril y con avalanchas de fealdad o mal gusto como para ser habitada.

ENTREVISTA
 / Actualizado 12 marzo 2018 Ampliar el textoReducir el textoImprimir este artículoCorregir este artículoEnviar a un amigo
Salvador Lemis y Eloy Ganuza fueron las primeras personas que conocí cuando llegué a la Escuela de Arte de Cubanacán. Ambos acabaron siendo decisivos para mí. Gracias a sus conversaciones y a los libros que pusieron en mis manos, me despedí del Camilo que había sido hasta ese momento y empecé a ser otro muy diferente.
 
Con Salvador tengo otra deuda impagable: me hizo saber que mi mundo estaba en las palabras antes de que yo hubiera escrito el primer poema o el primer cuento. Recuerdo que le mostré mi fundamentación para el montaje de un cuento de Sherwood Anderson. “Eres escritor —me dijo—, aunque todavía no lo sepas”.  
 
Cuando decidí hacer mi tésis en un complejo niquelífero de Moa, le pedí a Salvador que me escribiera una obra. En mi oreja creció un arbolito fue mi primera puesta en escena. Fue actuada por hijos de mineros y representada sobre un páramo infértil de tierra roja y aguas envenenadas.
 
Enseñarle el surrealismo a una comunidad que vivía aplastada por la realidad, es una de las cosas que más he disfrutado en mi vida. Fue una osadía. No lo hubiera podido lograr sin todo lo que aprendí de Salvador Lemis desde el día en que nos conocimos y me preguntó si ya había visto la película Fiztcarraldo.
 
Me gradué con altos honores, pero consciente de que esa nota no era solo mía. Los niños que actuaron y Salvador fueron determinantes.
 
Te conocí en Cubanacán, en la Cuba de los años 80. Siempre tuve la impresión de que eras indiferente a la realidad del país e inmune a la mediocridad que la misma imponía. ¿Cómo lograbas vivir en tu propio mundo y, de paso, sobrevivir en el que nos tocaba a todos?
 
Conocerte en Cubanacán en esa época ya pretérita e idealizada fue para mí un motivo de gracia divina, porque eras alguien lleno de vida, de inocencia y de belleza espiritual absolutas. Te habías escapado de algún friso griego.
 
Fíjate que desde niño estuve en una especie de burbuja rara donde era muy feliz. Estaba acomplejado porque era muy delgado y muy blanco, rubio, de modo que quería ser mulato o cuando menos bronceadito. Me aislaba en los libros.
 
Una anciana me prestaba seis libros diarios que debía leer de un día para otro y devolverlos para, en una jaba o bolsa, recibir en préstamo otros seis. Y los devoraba. Mi abuela materna, Iluminada Romero, me decía que me iba a quedar ciego de tanta lectura.
 
Me sucedió luego algo curioso en un Plan de la Calle. Estaba dibujando un barco con una tiza sobre el pavimento y se me acercó un miliciano. Me preguntó si estaba pintando el yate Granma, aquel barco en el que Fidel Castro desembarcó por el Oriente de Cuba para derrocar al gobierno de Fulgencio Batista.
 
Yo me asusté sin saber a qué se refería (tendría tres años de edad) y afirmé, dije que sí, que ese barco era el que él decía. A partir de ahí, en mi mente privilegiada de infante, supe que estaba perdido. Que debía mentir, que en un mundo sin libertad uno está obligado a mentir.
 
Esta anécdota puede parecerte forzada o quizá reinventada, pero fue cierta. Eso me marcó para siempre. Y entonces y sólo entonces, supe que debía sobrevivir a toda costa. Si observas mis cuadernos llenos de dibujos de mi infancia (primaria o antes) están llenos de muertos y cruces.
 
Era lo que veía en la revista Bohemia: fotos catastróficas de los fusilamientos implantados por los hermanos Castro (quienes siguen aún en poder, con una familia funesta que se reparte la isla completa: desde el dominio y control de la sexualidad, hasta la caña, el café, el ron, el turismo, la ganadería, las tierras, el jet set, la pesca, el comercio exterior, el baseball y cuanto signifique ganancia para hijos, hijas y nietos).   
 
Viví gracias a pintar, leer, ver cine, amar en verdad y escribir mucho, a mi aislamiento de la horda salvaje politicastra.
 
Una vez el dramaturgo cubano Freddy Artiles dijo que tus obras estaban hechas para ser representadas en las nubes. Ésa es la razón por la que le pusiste Teatro en las Nubes al primer grupo que fundaste al graduarte del ISA. Más allá de ese delicioso sarcasmo, ¿has logrado hacer teatro en las nubes?
 
Si no hago teatro plantado en las nubes, no lograría ser feliz o vivir. La realidad es demasiado pedestre, estéril y con avalanchas de fealdad o mal gusto como para ser habitada. Artiles lo dijo porque estaba amargado, se le veía. Y porque en el Primer Encuentro de Dramaturgos, Camagüey, año 1983 u 84, mi obra Galápago le ganó a una suya que se llamaba El Esquema.  Gracioso, ¿no?
 
Así que con Rolando Tarajano, mi ex amigo, hoy amargado también, fundamos Teatro en las Nubes. También este nombre hacía alusión a que lo fundamos en el último piso del Someillán, donde él vivía con Cristy Domínguez, Niurka Noya y Lemis Tarajano Mancha.
 
Estábamos lejos de la recholatera cubana, rusa y militar. Literalmente cerca del cielo. Ahí hicimos Asno-asnaUn Teatro llamado DeseoTres Tazas de TrigoLas Culpables y otras obras mías. Hasta el día de hoy sigo haciendo teatro ahogado por las nubes y con polvo de astros.
 
La gente ve una y otra vez mis montajes porque causan cierta adicción ensoñadora. Parece cine. Tengo la escuela de la imagen de Flora Lauten, quien fuera mi pareja sentimental durante un tiempo y con quien fundé Teatro Buendía. A ella, a Raquel Carrió Ibietatorremendía, Gloria María Martínez, Guadalupe Álvarez Pomares, Francisco López Sacha, Segundo Planes, Aldo Martínez-Malo, Dulce María Loynaz, Alberto Lauro Pino Escalante y Armando Suárez del Villar, entre otros más, debo mi profesionalización de la mirada artística. 
 
¿Piensas en la vida y en el teatro que hubieras hecho en Cuba de haberte quedado? Cuando atraviesas por uno de los inevitables malos momentos que le tocan a todo exiliado, ¿te has arrepentido de haber dejado a tu país? ¿De qué te ha servido mirar a tu cultura y a los tuyos desde afuera?
Nunca pienso lo que pude haber dejado de hacer en la Isla de Cuba. No soy sentimental con nada de eso. Nunca sentí que las fronteras existieran. Islas y continentes forman parte de la misma bolita azul y verde. Quemé las naves en México, como buen descendiente criollo de españoles…
Jamás me he arrepentido de haber dejado Cuba y todo eso atrás. Nunca he sentido nostalgia por Guanahaní o Juana… Odié demasiado un régimen que me mataba de miedo y de hambre como para extrañarlo. En eso soy implacable. Sólo extrañaba a mi abuela y tías. A mi madre y hermanos los salvé de ese infierno.
Mirar desde afuera “aquello” me ha servido para detestar cualquier manifestación de cadenas, grilletes, politiquería, aplausos, discursos o cualquier mierda humana relacionada con la obligación a tomar partido o con la fabricación de máscaras hipócritas para defender o aplaudir lo que se desconoce de antemano.
Recuerdo a Madame Yourcenar cuando decía: “Porque a la larga, la máscara se transforma en rostro”. Y yo no quiero una cara de yeso como la de muchos dirigentes o teatristas que siguen metiendo la cabeza en la arena de los días. En mi teatro o en mi poesía o en mis pinturas expreso lo que me da la gana, sin modas ni auto-traiciones.
 
Nunca he olvidado las lecciones que me diste, siempre he creído que escribo, entre otras cosas, porque tú me enseñaste las enormes posibilidades que me ofrecían las palabras. ¿Quién provocó eso en ti? ¿Qué lecciones, qué autores y qué obras te han seguido acompañando a lo largo de tu vida?
 
Tú me enseñaste tanto, que ni cuenta te diste. Éramos muy jóvenes. Recuerdo tu primera publicación en El Caimán Barbudo como si fuera hoy (eran como tres poemas que leí emocionado), recuerdo tu Galápago lemisiano con Jorge Luis Miranda y otros… recuerdo las visitas a La Víbora, recuerdo nuestra amistad con Josué Sureda Valdespino, con Eloy Ganuza, con Osbel… No he borrado nada.
 
Los que provocaron en mí esa pasión malsana de optar por la Belleza y la Armonía fueron: 
Las personitas que disfruté y amé en Cubanacán.
El gran Meaulnes, de Alain Fournier.
Memorias de Adriano, de Yourcenar.
Los muñequitos de Walt Disney. 
Las puertas del Paraíso, de Jerzy Andrzejewski. (Regalo de graduación de Gloria María Martínez con traducción de Sergio Pitol, con quien trabajé más tarde en la Universidad Veracruzana).
El vino del estío y el cuento El marciano, de Ray Bradbury.
El cine de Carlos Saura. (Con quien tomé clases muchos años más tarde en Madrid… tras hacerme amigo de Geraldine Chaplin).
Poemas de Rimbaud, María Elena Walsh, Kavafis y otros…
Canciones de Teresita Fernández, María Elena Walsh y Cricrí.
Y más y más y más…
 
Descríbeme al Salvador Lemis actual, ¿qué piensas de él?
 
¡Vaya, haces cada pregunta, chico!
Sigo siendo soñador, enamorado de la Belleza en todo sentido, lector voraz y cinéfilo, escribo cada vez más rápido y limpio, amoroso, aún inocente (aunque te parezca un eufemismo), buen ser humano, saludable y juvenil, con una filosofía y una religión casi zen sin caer en fanatismo, buen académico, investigador a ultranza, exigente catedrático, perfeccionista, hedonista y humanista, rodeado de muñecos y caleidoscopios que compro por traumas y carencias de mi infancia, bebedor de vino, ron, ginebra, mezcal, coñac, calpis y todo eso sin ser beodo, buen amigo de muchas personas, atento y afectuoso, solitario y calenturiento, avasallador y humorista, reflexivo e idealista (aún)… Mejor director teatral. A menudo triste, pero siempre feliz y sonriente… ¡Y no sé qué más!  

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