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Crítica de la pasión pura. ¿Qué mueve el mundo?
El amor y la sexualidad se separan o se entremezclan y condicionan. (Foto: Pixabay)

Crítica de la pasión pura. ¿Qué mueve el mundo?

El poder, la codicia y el sexo. Nada demasiado noble. Sin embargo, los sentimientos más nobles también están ahí, latentes en nuestra conciencia moral, pero tantas veces sofocados bajo la presión de nuestro instinto de posesión.

EL LEGADO DE KANT
 / Actualizado 4 marzo 2017 Ampliar el textoReducir el textoImprimir este artículoCorregir este artículoEnviar a un amigo
Vladimir Blomberg estaba triste y deprimido. Recorrió un trecho junto al río Pregel hasta la catedral y luego, a un lado del imponente edificio gótico-báltico, divisó el mausoleo. Era el inicio de marzo, sobre las cinco de la tarde, en penumbra y casi de noche. El cielo estaba estrellado, hacía frío y aún quedaba algo de nieve. La tumba estaba iluminada. Vio la lápida con la inscripción en alemán y en ruso. Ya conocía lo que decía la inscripción, pero le emocionó verla grabada en el mármol, en aquella soledad:

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral  que hay en mí.”

Qué sencilla clarividencia en esas palabras de Imanuel Kant, muerto hacía más de 200 años y enterrado allí en Kaliningrado. O mejor, en Königsberg, la capital de la Prusia Oriental, hasta 1945 parte de Alemania y luego territorio ruso, botín de guerra enclavado entre Lituania y Polonia. Para Vladimir, Kant había convertido Königsberg en un faro de pensamiento de la Alemania de cultura, inmune a la posterior perversión nazi que acabó provocando su destrucción y desaparición. La Kaliningrado de hoy era ya sólo rusa. El mausoleo junto a la catedral simbolizaba a la vez la muerte de Königsberg y la vida para siempre del filósofo en su obra.

Pero ésta no era la causa de la tristeza de Vladimir. La causa era Nina Vasilieva, que le había dejado hacía seis meses. La había conocido en la universidad de Vilna, en Lituania, dónde él era profesor de filosofía y de historia contemporánea. Ella pertenecía a la minoría rusa de Lituania, aunque procediera de Kaliningrado. Él era de Vilna, pero de estirpe alemana báltica. En realidad ella había sido una más de sus conquistas sexuales. Nunca había podido sentir más que una potente atracción física por las mujeres con las que se había relacionado. El enamoramiento era para él mera sexualidad y no podía concebir algo más profundo o más sutil o más permanente que eso. El amor era un concepto fisiológico, según su visión de la especie humana.

Pero cuando Nina le dejó definitivamente, empezó a sentir un desasosiego especial. Algo que al principio atribuyó al despecho por haber sido rechazado. Sin embargo, como esa sensación no cedía con el tiempo y además le impedía fijar su atención en otras posibles amantes nuevas, le invadió una súbita tristeza y no paraba de preguntarse si más allá del cuerpo sensual de Nina no estaba algo más difícil de analizar, algo en sus ojos, en su voz, en sus gestos, en su modo de razonar y en su actitud de entrega, que había despertado en él aquel sentimiento de melancolía.

Por esa razón había sentido el impulso de viajar a Kaliningrado, no para ver a Nina, que seguía en Vilna. Sino para reencontrarse consigo mismo, volviendo también a sus raíces étnicas y culturales alemanas. Todo eso estaba vinculado con su formación filosófica y le había empujado casi sin saberlo a visitar aquel mausoleo por primera vez en su vida. Era un acto de romanticismo, lo sabía. Algo que en principio escapaba a su mente cerebral y racionalista. Algo que era como un homenaje mudo a la memoria de un filósofo de los más grandes, cuyos restos estaban allí.

Ya era noche cerrada, mientras iba elucubrando. Miró el cielo lleno de estrellas y luego de nuevo la inscripción de la lápida. De repente pensó en la Crítica de la Razón Pura y en las muchas horas que le había dedicado a su lectura y a su comprensión. Toda una síntesis extraordinaria entre el racionalismo “a priori” y el empirismo “a posteriori”.

Pero como se sentía incapaz de pensar en una única dirección, su pensamiento se desplazó entonces a recordar la historia reciente de aquel suelo que estaba pisando. Pensó en el avance del ejército soviético hacia Prusia Oriental a principios de 1945, donde se encontró con unas inesperadas fortificaciones defensivas alemanas que lo contuvieron todavía un tiempo, a costa de miles de bajas. Hasta la irrupción final en ese territorio de los soldados rusos, que lo arrasaban todo a su paso, tras los 20 millones de muertos que les había costado la invasión nazi. Y pensó en la venganza bestial de las violaciones de mujeres alemanas.

Las violaciones, el sexo. Siempre el sexo, desprovisto en este caso de los más mínimos atributos de un placer consentido.

¿Qué mueve el mundo?, pensó Vladimir. El poder, la codicia y el sexo. Nada demasiado noble. Sin embargo, los sentimientos más positivos y nobles también están ahí, latentes en nuestra conciencia moral, pero tantas veces aletargados y como sofocados bajo la presión de nuestro instinto de posesión y reproducción.

Y su pensamiento volvió a Kant, que escribió que “la conciencia es un instinto que nos lleva a juzgarnos a la luz de las leyes morales”.

¿Estaba él ahora juzgándose a la luz de esas leyes? Porque no tenía claro cuáles eran las leyes morales a las que Kant aludía. A no ser que fuese cierto que los conocimientos “a priori” sólo pueden provenir de la mente y son independientes de cualquier experiencia. Por lo tanto el conocimiento empírico es una mezcla entre lo que se recibe por impresiones sensoriales y lo que a ello añade la mente.

¿Era eso lo que le estaba pasando con Nina Vasilieva? ¿Se trataba de los conocimientos “a priori” que su razón era capaz de darle? Quizá ahí estaba la clave de la existencia de su conciencia moral. Quizá eso explicase el amor, como sentimiento a medio camino entre la pasión física y la razón pura kantiana. Como dijo el gran maestro de Königsberg, “todo eso exige un examen de la razón, que sólo puede hacer la misma razón”.

Vladimir seguía absorto en su reflexión. Frente a lo que él siempre había definido como amor, es decir el  mero resultante de nuestro instinto de reproducción, surgía ahora una realidad desconocida para él. El amor y la sexualidad se separan o se entremezclan y condicionan. La sexualidad es ajena a la razón. El amor es consecuencia de la razón aplicada a los sentimientos, influida por la experiencia pero acaso también por reflexiones apriorísticas que produce la mente. Y concluyó que si la  atracción sexual es sólo instintiva, la verdadera satisfacción de ese instinto sólo se puede producir cuando además interviene la razón.

Entonces le invadió un enorme deseo de sentir con fuerza lo que antes nunca había sentido. Por Nina Vasilieva o quizá por alguien que aún no conocía.

A Nina la había perdido, pero gracias a ella sabía que estaba enamorado.

Mientras bajaba de nuevo hacia el río, en la noche fría y cristalina, pensaba con cierto escepticismo:

¿Puede uno estar simplemente enamorado del amor?
 

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